Dirigir es anticiparse

Los tiempos que nos toca vivir, de cambio constante y acelerado, no favorecen en nada la toma de decisiones calculada y meditada; pero no por ello debemos de caer en la complacencia y dejadez de pensar que una empresa se puede llevar a buen puerto corrigiendo las desviaciones una vez que estas aparecen. Previamente hay que trazar el rumbo a seguir e intuir cuáles son los escollos que nos pueden hacer naufragar la nave. Es una tarea realmente compleja y en ella es conveniente sumar a cuántas más personas sea posible. Yo a esto le llamo, hacer vigilancia estratégica.

Parece una obviedad pero existen muchísimas empresas donde se sigue dirigiendo por improvisación, esto es, a remolque de los acontecimientos. Primero se producen las contingencias y luego el equipo directivo se pone a buscar soluciones. Este tipo de prácticas podrían tener cierta validez en el pasado, en mercados más estables y sectores menos competitivos, pero a día de hoy no anticiparse a los acontecimientos se paga muy caro. ¿Cómo  podemos hacerlo?
       

Lo primero que debemos cuestionarnos es la conveniencia de realizar planes a largo plazo (3-5 años) o, al menos, de darlos por definitivos una vez que han sido elaborados. Los cambios en los mercados y, sobre todo, en los gustos de los consumidores, hace que los ciclos de vida de los productos se acorten considerablemente y obliga a estar muy vigilante sobre cómo responden a estos cambios nuestros rivales más cercanos. Quien acierte con la estrategia y se adapte rápidamente a la nueva situación, tiene todas las posibilidades de copar el mercado. Los planes a largo plazo deben ser unos índices de actuación orientativos para la estrategia a corto, que es la que realmente interesa implementar. Y no quiero decir con esto que hay que ser "cortoplacista", sino que las estrategias a largo plazo requieren que su validez sea vigilada constantemente.

Desde mi punto de vista, lo más operativo es trazar estrategias de contingencia que apoyen las directrices marcadas, de tal modo que ante ciertos acontecimientos que puedan emerger, siempre estará prevista una línea de actuación para atender a las desviaciones. Los planes de contingencia deben detallar del modo más pormenorizado posible todos los medios que se van a movilizar (económicos, humanos, publicitarios...) y son las herramientas más útiles para tomar ventaja frente a los rivales. Si realmente detectamos cambios que puedan comprometer los resultados previstos, cuánto antes tomemos medidas antes estaremos de nuevo en la senda perseguida.

Y aquí es donde radica la diferencia entre empresas que hacen vigilancia estratégica y las que no. Las que no lo hacen se ponen a plantear soluciones una vez que tienen el problema encima de la mesa, con la consiguiente demora en la implementación. Por contra, aquellas otras organizaciones que estuvieron vigilantes y perfilaron sus planes de contingencia, cuando saltan las alertas ya tienen buena parte del camino andado; solo resta tomar conciencia del nuevo escenario y aplicar las directrices que ya fueron estipuladas en su momento.

Mi consejo es que no bajen la guardia en ningún momento y tengan a todo el personal entrenado para apreciar las tendencias que puedan aparecer en los mercados. Doten a sus organizaciones de canales de comunicación ágiles capaces de hacer fluir convenientemente la información desde las personas que están en contacto directo con los clientes hasta los centros de decisión y, finalmente, tomen el tiempo necesario para prever distintos escenarios y encontrar el modo más preciso de "navegar" por ellos.

Reciban un cordial saludo



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